Tu nariz tiene un equipo de reserva más listo de lo que pensábamos

Cuando las células reserva resultan ser las MVP

Si alguna vez has perdido el olfato por un resfriado y te has preguntado cómo diablos tu nariz se las arregla para recuperarse, la ciencia acaba de darte una respuesta que ni los propios científicos esperaban. Resulta que esas células madre que creíamos dormidas en el epitelio olfativo —básicamente, el tejido especializado dentro de tu nariz que detecta olores— podrían estar haciendo mucho más trabajo del que les dábamos crédito.

Investigadores han desarrollado un modelo tridimensional innovador para estudiar cómo se regenera el tejido nervioso en la nariz, y lo que encontraron es digno de una telenovela celular: las células que pensábamos estaban echándose una siesta perpetua en realidad podrían ser piezas clave para mantener tu capacidad de oler ese café por la mañana o detectar que algo se está quemando en la cocina.

El epitelio olfativo: tu fábrica personal de neuronas

Aquí va un dato que probablemente no conocías: tu nariz es uno de los pocos lugares del cuerpo donde las neuronas se regeneran constantemente. Sí, leíste bien. Mientras que la mayoría de las neuronas en tu cerebro son las mismas desde que naciste (con sus achaques incluidos), las neuronas olfatorias se renuevan cada pocas semanas gracias a un ejército de células madre residentes.

El epitelio olfativo contiene principalmente dos tipos de estas células madre: las células basales globosas (GBC por sus siglas en inglés) y las células basales horizontales (HBC). Durante años, los científicos pensaron que las GBC eran las trabajadoras incansables, generando nuevas neuronas olfatorias constantemente, mientras que las HBC eran más bien como el personal de emergencia: solo se activaban cuando había una lesión seria.

Pero este nuevo modelo 3D está cambiando esa narrativa. Parece que las HBC podrían estar mucho más activas de lo que creíamos, contribuyendo de manera significativa al mantenimiento diario del olfato, no solo durante crisis celulares.

Por qué importa el 3D (y no, no hablamos de cine)

La clave de este descubrimiento está en la metodología. Los cultivos celulares tradicionales en dos dimensiones son como intentar estudiar cómo nadan los peces observándolos aplastados contra una mesa. Funcionan para algunas cosas, pero se pierden matices cruciales de cómo las células interactúan en su entorno natural tridimensional.

Los modelos 3D —que incluyen organoides y cultivos en andamios especiales— replican mucho mejor la arquitectura real del tejido. Mantienen la polaridad celular, las interacciones entre diferentes tipos de células y los gradientes de señalización química que son imposibles de reproducir en una placa de Petri plana. Es como la diferencia entre jugar ajedrez en un tablero normal versus intentarlo en una hoja de papel donde todas las piezas están en la misma línea.

Gracias a esta tecnología, los investigadores pueden observar cómo las células madre se activan, migran, se diferencian y eventualmente se convierten en neuronas olfatorias funcionales, todo en un entorno que imita fielmente lo que ocurre dentro de tu nariz.

El contexto más amplio: narices biológicas y electrónicas

Este avance no ocurre en el vacío. El campo del estudio olfativo está viviendo un momento dorado, con múltiples frentes de investigación avanzando simultáneamente.

Por un lado, otros equipos han logrado capturar la primera imagen tridimensional de cómo una molécula activa un receptor de olor a nivel molecular. Es como finalmente poder ver en cámara súper lenta y alta definición cómo una llave entra en una cerradura microscópica. Este tipo de investigación ayuda a entender por qué ciertas sustancias huelen como huelen y podría revolucionar el diseño de fragancias o incluso ayudar a personas con trastornos olfativos.

Por otro lado, hay un desarrollo paralelo fascinante en el mundo de la tecnología: las narices electrónicas. Equipos como los de IMDEA Nanociencia en Madrid están desarrollando sensores basados en nanotubos de carbono capaces de detectar compuestos volátiles con sensibilidad comparable —o superior— a la nariz humana. Estos dispositivos no tienen nada que ver con células madre ni regeneración neuronal, pero podrían complementar los avances biológicos en aplicaciones como diagnóstico médico (algunas enfermedades alteran el olor corporal), control de calidad alimentaria o detección de contaminantes.

Bioimpresión y andamios: construyendo narices desde cero

Si te parece ciencia ficción pensar en imprimir tejidos, espera a saber que varios centros de investigación ya están trabajando en andamios biocompatibles y tintas especiales para bioimpresión orientadas a la regeneración tisular. Aunque la mayoría se enfoca en hueso, cartílago o piel, las tecnologías desarrolladas son perfectamente aplicables a la creación de modelos de epitelio olfativo cada vez más sofisticados.

Imagina poder bioimprimir un modelo funcional de epitelio olfativo humano para probar medicamentos, estudiar enfermedades o incluso —en un futuro más lejano— crear implantes para personas que han perdido el olfato por lesiones o enfermedades neurodegenerativas. No estamos ahí todavía, pero los cimientos se están poniendo ladrillo por ladrillo (o célula por célula, en este caso).

¿Y esto qué significa para ti?

Más allá del interés puramente científico, estos avances tienen implicaciones prácticas bastante directas. La pérdida del olfato (anosmia) afecta la calidad de vida de millones de personas en todo el mundo. Algunos nacen sin él, otros lo pierden por lesiones, infecciones o simplemente por el envejecimiento. Y como nos recordó dolorosamente la pandemia de COVID-19, ciertas enfermedades pueden robarte el olfato temporalmente —o en algunos casos, de forma prolongada—.

Entender mejor cómo funciona la regeneración del epitelio olfativo, qué tipos celulares están involucrados y bajo qué condiciones se activan abre la puerta a terapias regenerativas. No hablamos de ciencia ficción: si sabemos qué señales químicas activan a esas células madre dormidas, potencialmente podríamos desarrollar tratamientos que estimulen la regeneración en personas con olfato dañado.

Además, el olfato está íntimamente conectado con el gusto (la mayoría de lo que llamamos sabor es en realidad olor), con la memoria y con las emociones. Perder el olfato no es solo dejar de oler flores; es perder una dimensión entera de experiencia sensorial que afecta desde tu apetito hasta tus recuerdos más preciados.

Las células dormidas que nunca durmieron

Lo más fascinante de este descubrimiento es cómo desafía suposiciones que la comunidad científica daba por sentadas. Las células basales horizontales fueron clasificadas como quiescentes o dormidas porque en condiciones normales se dividen muy poco. Pero dormidas no significa inútiles, y este nuevo modelo sugiere que podrían estar realizando funciones de mantenimiento y soporte mucho más activas de lo imaginado.

Es un recordatorio humilde de que la biología siempre es más compleja y sorprendente de lo que nuestros modelos sugieren. Cada vez que desarrollamos herramientas mejores para observar —como estos modelos 3D— descubrimos capas de complejidad que estaban ahí todo el tiempo, esperando pacientemente a que desarrolláramos los ojos para verlas.

Mirando hacia adelante

Este modelo tridimensional es solo el comienzo. Los investigadores ahora pueden usarlo para probar hipótesis sobre qué factores activan o desactivan diferentes poblaciones de células madre, cómo responde el epitelio a toxinas o infecciones, y qué ocurre exactamente durante el envejecimiento que hace que muchas personas mayores pierdan gradualmente el olfato.

También abre posibilidades para el cribado de fármacos: se podrían probar miles de compuestos para identificar cuáles estimulan la regeneración olfativa sin necesidad de experimentos en animales o ensayos clínicos prematuros en humanos.

Y quién sabe, tal vez en un futuro no muy lejano, recuperar el olfato perdido sea tan sencillo como aplicar unas gotas nasales que le digan a tus células madre dormidas: oye, es hora de despertar y ponerse a trabajar.

Mientras tanto, la próxima vez que disfrutes el aroma de pan recién horneado o detectes que tu compañero de piso olvidó sacar la basura, tómate un segundo para agradecer a ese equipo de células trabajadoras incansables —incluidas esas que creíamos dormidas— que hacen posible tu experiencia olfativa. Tu nariz es más lista de lo que parece.

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